‘Chocalhada’ de Brunhosinho, sonidos perdidos en la noche de los tiempos

La aldea de Brunhosinho, perteneciente al concejo de Mogadouro, recupera la tradicional 'Chocalhada' (cencerrada) que se celebra por San Sebastián, con la participación de la casi totalidad de los vecinos al para ahuyentar lobos y malos espíritus, que los hay.

Trás-os-Montes y, sobre todo, el Planalto Mirandés en su vertiente que muere en el Duero y mira altanera a la vecina España en su salmantino de La Ribera, es máscaras y mascaradas, es gaite de foles y santos, pero también atesora otras muchas tradiciones ancestrales que le dan carácter e identidad, y que no levantan la curiosidad de los urbanícolas en su búsqueda de una postal exótica.

Trás-os-Montes se ha convertido, con el devenir de los tiempos modernos, en el principal bastión reivindicativo y baluarte en la conservación y recuperación de las tradiciones, si, un día florencientes, desde tiempos no muy lejanos abandonadas en el baúl de las abuelas.

Es el caso de la aldea de Brunhosinho, en el concejo de Mogadouro, que recupera y vive con toda su intensidad y la participación de la casi totalidad de los vecinos -acompañados también por otros convencinos de las aldeas cercanas, como Peredo de Bemposta, Bemposta, Travanca, Mogadouro o Bruxó – en la tradicional ‘Chocalhada’ / Cencerrada, que se realiza durante las fiestas de San Sebastián. Además, no podía ser de otra manera, contaron con el apoyo “incondicional en la recuperación y promoción de las tradiciones” de la vereadora de la Câmara Municipal de Mogadouro, Gina Gomes, quien estuvo también acompañado por otros miembros del Ejecutivo municipal y el presidente de la Asamblea Municipal.

Los Gaiteiros de Bemposta hacen la ronda o arruada./ FALCAO

Este evento, tal como recordó el presidente de la Câmara Muncipal, Francisco Guimarães, en la edición anterior, debe ser declarado Patrimonio de Interés Municipal. Y vamos que lo tiene. Lo tiene por la convivencia de todos los vecinos en una fiesta de verdadera participación. Es el sentido real de las tradiciones, aquellas que nacen, crecen y se realizan desde el mismo pueblo. Tiene interés, y mucho, porque esta tradición es ancestral -se pierde en los tiempos-. Y tiene interés porque moviliza a todos los vecinos.

El viajero llega a Brunhosinho acompañado por la vereadora Gina Gomes y el director Carlos Velasco en una noche nublada con atisbos de fina lluvia y en la que suenan gaitas, cajas y tambores. No se sabe de donde proviene la música, pero lo cierto es que anuncia que la aldea está de fiesta o auyentado lobos y espíritus.

En la plaza comienzan a concentrarse los vecinos en torno a una pira aún sin prender. Llegan provistos de cencerros, esquilas, campanillas, latas, bidones, tapaderas, guadañas… y de cualquier objeto de metal que produzca sonidos estridentes.

Antes de comenzar la ronda, un buen número de vecinos -de todas las edades y condiciones- acuden a la coqueta, limpia y luminosa iglesia parroquial para participar en la novena de San Sebastián. El Santo, con sus flechas y sus flores, destaca a la derecha del altar y al que se rinde pleitesía y oración. Comienzan las plegarias pero también ese cántico tan especial que hace de estos actos -si bien litúrgicos- paradigma de la música tradicional, a la que algunos llaman sacra. Son las voces de hombres y mujeres que se expanden por el templo para chocar chocar contra el granito y rebotar como sones celestiales…

En cuanto a San Sebastián, recordar que en muchos pueblos de estas zonas transmontanas se erigen ermitas en su honor a las entradas de las poblaciones como protector de males y malos, sean lobos o espíritus. El culto a San Sebastián es muy antiguo y está muy extendido. Es invocado contra la peste y contra los enemigos de la religión, y además es llamado “el Apolo cristiano” ya que es uno de los santos más reproducidos por el arte en general.

A rondar hijos míos ahora aunque no haya luna

En el pueblo de nacimiento, al otro lado del Duero, casi en parelelo, los mayores cantaban eso de “a rondar hijos míos ahora que hay luna’. Pues con semitapada luna y el goteo no se sabe si de la lluvia o la humedad licuada de la noche fría -la pira ya comenzó a consumirse- todo el tropel comienza la ronda por el pueblo. No importa que esté habitado o no, lo importante es que todos cuantos están participan, si no en el caminar y sonar cacharros, sí salir a saludar a los rondadores.

Comentan las gentes de lugar que este ritual de invierno tenía por misión, en aquellos tiempos de celebración, evitar las plagas, los males y hasta a los lobos de los rebaños. No es menos cierto que, por estas tierras del Duero -a un lado y otro de la raya-, los pastores anunciaban la presencia del lobo tocando cencerros, latas y campanillas.

También era una forma de espantar a los malos espíritus, porque haberlos haylos y no muy lejos. La tradición dice que se celebraba en la fiesta de los mozos, allá por el 20 de enero, San Sebastián, pero se busca -como en la mayoría de las festividades, sean religiosas o paganas- las fechas con mayor afluencia de vecinos, como son los fines de semana.

La chocalhada por las calles de Brunhosinho./ FALCAO

La cencerrada es una tradición muy arraigada en otros tiempos, pero que hoy ha desaparecido total o casi totalmente, debido probablemente como el resto de las manifestaciones populares de estas tierras, a la despoblación paulatina de nuestros pueblos. La cencerrada está definida en el diccionario de autoridades como “El son y ruido desapacible que hacen los cencerros cuando andan las caballerías que los llevan. En los lugares cortos suelen los mozos las noches de los días festivos, andar haciendo ruido por las calles, y también cuando hay bodas de viejos o viudos, lo que llaman noche de cencerrada. Dar cencerrada o ir a la cencerrada”. En algunos pueblos de Castilla la Vieja, el nombre de cencerrada está sustituido por el de “matraca” y probablemente de ahí tuvo el origen la frase tan conocida de “dar la matraca” en sentido de pesadez.

Y haciendo resumen, la cencerrada en general, consiste en la víspera de la boda, a veces antes, los mozos unas veces, otras el pueblo entero, se armaba de cencerros, almireces, calderos rotos, botes llenos de piedras, rejas de arado viejas y cualquier instrumento que pudiese hacer ruido, y se llegaban delante de la casa del viudo o de la viuda que se iba a casar y allí se pasaban la noche armando el mayor escándalo posible, hasta que el novio, pagaba una cantidad de vino que fuese del agrado de los rondadores. Otras veces incluso después de haber recibido el vino continuaban con su serenata, y no faltan ejemplos que nos cuentan que esto se repetía a veces hasta ocho noches seguidas.

Al otro lado del Duero, bien cerca de Brunhosinho, en Villarino de los Aires eran famosas las cencerradas a las mujeres que tenían hijos de soltera, las viudas y los viudos. Solo conviene recordar esa ‘atroz, espeluznante y desgarradora ronda de ‘La Perigalla’, “que mató al hijo de sus entrañas” y fue sacada por las calles del pueblo -allá por los años 50- en una cencerrada aterradora que bien recordaban los mayores y la abuela cuando se le preguntaba por este hecho siempre respondía -¡Vamus calla!

La ronda sigue su caminar, entre parada y parada y gritos de viva a Brunhosinho, pero también el inconfundible y estupendo sonido de los Gaiteiros de Bemposta. Un trío que cada día va a más, como el gaiteiro Leonel Filipe, y se hacen casi necesarios en estas tradiciones mogadourenses.

Finaliza la ronda, tras recorrer todo el pueblo, en la plaza donde arde la hoguera que también da un reconfortante calor en esta noche de seria helada. La Cofradía de San Sebastián convida a bocadillo de cerdo asado y vino, cerveza degusta el viajero. En esta envidiable convivencia se departe y se saluda. Es la esencia de pueblo, la comunicación de siempre.

Dos viejos muy setentones
se casaron anteayer
y luego dirán que el juicio
se adquiere con la vejez.
…….
Los padrinos de esta boda
ya saben su obligación
subir al altar los novios
no caigan de un tropezón.
…….
Entre los dambos amantes
juntan cuatrocientos años
el novio es un chopo viejo
la novia riestra sin ajos.

Yo no creo en las brujas, Templario de la Faya, pero haberlas haylas, cachis!

REPORTAJE GRÁFICO LUIS FALCÃO

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