Bemposta recrea bajo un cielo diáfano el oficio milenario de la siega

La Asociación MasChocalheiro de Bemposta -concejo de Mogadouro- recrea una de las labores más tradicionales del pasado agrícola del pueblo, la siega o segada o ceifa.

El carrilano -como llaman al viajero al otro lado del Duero- llega a Bemposta una jornada intensa de calor. Parecía que caían del cielo leguas de fuego. Llega a una tierra -paterna- árida y fría y más que caliente, que no invita al reposo ni a la indolencia. Hay que trabajarla con ahínco para que produzca. O hay que emigrar a otras más propicias. La primavera, como dice el poeta, apenas pasa por ella. Un clima duro, suelo pobre en su mayoría, división extrema de la propiedad y alejada de los grandes núcleos urbanos. Esta tierra de los arribes del Duero portugueses, del planalto mirandés o de Tràs-os-Montes -para todos los gustos- tiene ‘alma’, donde el hombre es también parte integrante del paisaje. Y ese paisaje, gracias a la Asociación Maschocalheiro, se convierte en protagonista de su propia historia y dueño de su pasado que exhibe orgulloso en su presente. Es la siega, ‘ceifas’ o ‘segadas’.

En ese ambiente de silencio -solo roto por los toques de los Gaiteiros de Bemposta y las canciones de las mujeres camino de la siega – y sosiego -que realza las propias bellezas paisajísticas- conforman ese otro clima espiritual que enorgullece a una comunidad. Bien vale la pena volver atrás la vista -con mirada retrospectiva y añorante- a esas faenas agrícolas que se fueron y, de paso, a estas otras que aún quedan, pero que ya se van para no volver.

Era la siega una de las más duras tareas agrícolas debido a las condiciones en las
que se realizaba. Fuertes calores por la época de la recolección en los campos de la Raya, donde, no sin razón dice el refrán que, hay nueve meses de invierno y tres de
infierno; y la necesidad imperiosa de concluir cuanto antes, para que la posibilidad de
un nublado no desbarate la cosecha del año. Hacia San Juan o San Pedro, secas las espigas, se comenzaba a segar. Es entonces cuando la espiga se dobla por estar cargada de grano y adquiere un color dorado. Primero, las cebadas. Trigos y centenos, después. Eran junio y julio los meses en que se llevaba a cabo la tarea de la siega.

Jornada de siega en Bemposta./ FALCAO

Tan sólo han pasado 37 años desde que falleció el padre, cabrero y agricultor de Bemposta,
y la palabra siega/segada, que con tanta frecuencia se oía en este pueblo durante los meses de mayo y junio, casi ha desaparecido, sólo se escucha en algunos mayores. Era lógico que en un pueblo de agricultura de secano, y también de vino y huertos para el consumo familar, donde predominaba el cereal, la siega haya sido la faena del campo que gran parte de la población esperaba con más expectativas. Los agricultores pendientes de la recolección de la cosecha de aquellas semillas que con tanta ilusión sembraron ocho meses antes y, aunque la tarea era muy dura, la esperaban con satisfacción ya que solucionaba muchos problemas económicos en las casas. Para que no quede en el olvido esta actividad y los jóvenes de hoy y generaciones venideras conozcan el trabajo de sus antepasados próximos y sepan valorarlo, la Asociación Maschocalheiro rememora cómo era la siega a mano que el carrilano conoció cuando niño y adolescente y que, ya cuando la trilla en esta tarde de finales de junio, la ‘muña’ se metía en su nariz y parecía como la máquina del tiempo que volvía hacia atrás la historia, la del carrilano y la de todos que aquello vivieron.

Los segadores llegan al trigal donde preparan los útiles necesarios para realizar la tarea con eficacia y seguridad. Se ponen un dedal de cuero suave en el dedo índice. No falta nunca el sombrero porque es lo único que les puede dar sombra ya que en las tierras de secano del planalto apenas hay árboles. Algunos se ponen un pañuelo en la frente para detener el sudor.

Para segar forman parejas y, colocados en hilera con una separación de dos a tres metros, mediante un movimiento semicircular del brazo, cortan las pajas por debajo de la mano con la hoz -dicen los de Bemposta «a minha foice é sagrada» /mi hoz es sagrada- formando manojos que agrupan mediante llaves de paja. Con quince haces forman una carga que es transportada en carros o mulos a la era. Las espigadoras van detrás de los segadores haciendo su trabajo.

También hay motivo para marcarse un baile./ FALCAO

El oficio milenario de la siega es el más duro de las tareas agrícolas por el calor sofocante que hay que soportar en una larga jornada y yendo encorvado. El sudor es constante. Se detiene la siega para almorzar después de haber trabajado hora y media aproximadamente. Pero siempre se hace un alto para beber del barril. Ya, antes de mediodía, las mujeres, que hacen de espigadoras, aunque también siegan, se echan unos bailes. Es la fiesta de la comunidad. A eso de las dos se da buena cuenta de unas sopas da segada/sopas de siega, arroz con diversos menudos y ensalada. Antes, también se echaba la siesta de una hora bajo la sombra del serón para volver a la faena. A pesar de ser un una labor tan agobiante también echaban sus cantares, aunque dicen ellos, que cantaban más las espigadoras. Y luego llega la trilla, con máquina y con trillo, los juegos de antaño como el aro y la comba y la convivencia entre los vecinos.

Y es que la sobriedad de estas tierras del Duero/Douro, con la riqueza de sus cielos diáfanos -porque tiene varios y cada cual más hermoso-, de sus paisajes con alma y sus gentes trabajadoras y llenas de plenitud, ha sido, durante mucho tiempo, causa para que se la ignore. Esa manera de ser de Bemposta, recatada pero alegre, a la vez que digna y sencilla, a solas con su río, recelosa también del extraño, alejada de los núcleos urbanos y desconectada de otros horizontes lejanos, ha hecho que, por modesta y callada, apenas se la tomara en serio Y, por ello, ha vivido anclada a sus raíces que le han dado savia y vigor para sacarla del prolongado letargo y reivindicar sus tradiciones. Con un cielo que viene a ser la música celestial de este paisaje vasto y duro, cuya nitidez permite oír e incluso palpar hasta el silencio, el carrilano cruza el Duero divisando en el horizonte Ambasaguas y la historia de su familia. Ya decía Antoine de Saint-Exupery, «no heredamos la tierra de nuestros antepasados. La legamos a nuestros hijos», ay!

REPORTAJE GRÁFICO LUIS FALCÃO

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